Non-Places (Road to Yoknapatawpha)

Nunca me había planteado grabar un disco. Hoy en día, para muchos (demasiados) la música son canciones. Es una cuestión de falta de tiempo, o así lo veo yo. Ocurre lo mismo con la poesía. Lees un poema suelto, te gusta, puedes entender lo que el autor quiere transmitir – o creer que lo entiendes, aunque eso es harina de otro costal -, pero no hay nada comparable a introducirte en el universo semántico-sensorial del poeta (aplíquese a la novela de igual forma si se quiere), entender de principio a fin qué recorrido sigue la palabra desde la primera a la última página. En mi caso, sí que me he planteado escribir un libro, de ahí la comparación; y la concepción de un disco me parece muy cercana a la del producto literario. Porque lo es, claro.

Lo importante a la hora de concebir un disco es decidir qué canciones vas a grabar: qué vas a contar. Luego puedes ir deshojándolas una por una, arreglarlas, cambiarlas, pelearte con ellas… En fin, lo que quieras. Pero la sensación de saber que las piezas encajan, que entre todas cuentan algo más allá, una historia que puede que únicamente entiendas tú (en nuestro caso, nosotros), eso te hace sentir que flotas un poquito. La idea de todo esto fue de Pablo, pero ahora yo también la he hecho mía. Y me gusta contarlo a mi manera, medio críptica, medio secreta. Ya llegará el momento de contarlo con más detalle.

Non-places es un viaje. Al fin y al cabo, todas las historias son de un modo u otro un viaje, una transición, ¿no? Pues eso. En resumidas cuentas, el disco relata cómo podemos provenir de un lugar tranquilo y aburrido en mitad, digamos, del campo, trasladarnos a lo urbano en busca de movimiento y querer volver a la paz de ninguna parte, en un lugar-no-lugar.

Quien dice un lugar, dice una época (y pienso aquí en los días interminables de verano en el que nadie me llamaba al móvil mientras pedaleaba con la bici por el parque a cuarenta grados. ¿Por qué? Porque no había móviles. Podía no haber vuelto a mi casa nunca y nadie me habría localizado por GPS. Así eran las cosas. Hasta podías despellejarte las rodillas y no pasaba nada). Bueno, a lo que iba. De ese lugar, o esa edad, o como cada uno quiera llamarlo, nos cansamos. Nos cansamos y decidimos hacernos los valientes: explorar la gran ciudad, la vida de mercadillo, las luces de neón. La soledad abarrotada, que dice la canción que da título al disco.

Y con la llegada a la ciudad, o al ritmo de las muchísimas cosas que hacer – las responsabilidades, limpia el baño, haz la compra, la declaración de la renta y no te olvides de llamar al trabajo para decir que necesitas salir diez minutos antes hoy- , llega esa sensación de ahogo que a todos nos ha visitado alguna vez. Y de nuevo comienza el retorno, la huida hacia el origen, la vuelta a la tranquilidad de la que renegábamos. Durante ese otro viaje, que es el complicado, nos encontramos con distintos personajes, como en todo periplo literario o cinematográfico que se precie. Esos personajes son clave en la búsqueda de la calma y la armonía, son agentes colaboradores en la progresión geométrica de nuestras vidas, que nos ayudan en uno momento u otro, nos indican el camino a seguir o nos dan la energía necesaria para reemprenderlo con rabia o con esperanza.

Nos encontramos, cómo no, con dificultades. Es difícil escapar de algo cuando ya lo has conocido. Al final, llega la catarsis. Todo explota justo antes de que termine la película. Una tormenta de nieve nos arrastra por fin adonde no hemos sabido llegar caminando. Y al final:

Elia

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s