La hora tonta

Hay un momento del día donde, por falta de experiencia, por cansancio, saturación o por haber pasado horas y horas exprimiendo la cabeza buscando y analizando sonidos que aún no existen, uno empieza a actuar de forma extraña. O eso dicen, porque a nosotros lo que ahora nos resulta extraño es el comportamiento que teníamos antes de venir aquí.

En nuestro día a día en Madrid, uno se pasa el día trabajando y es en esas pocas horas de la tarde hasta caer rendido en la cama y empezar de nuevo el ciclo donde se trata de buscar tiempo para ensayar, componer, practicar o grabar en casa. Ahora, sin embargo, la dimensión del tiempo ha cambiado. Se expande y se comprime de manera caprichosa y distinta a la habitual. Grabando de 9 a 19 tenemos todas esas mismas horas dedicadas al trabajo que nos da de comer, pero empleadas al trabajo que nos da las ganas de querer comer.

Cual lechugas, llegamos todas las mañanas al estudio y podemos expandir en la amplitud de toda una jornada lo que habitualmente tenemos que hacer en la estrechez de una tarde con prisas de ciudad. Pero la libertad es complicada de administrar; podemos pasar de estar borrachos de entusiasmo a tener ganas de dejar la música por una mala toma en cuestión de minutos. Y como, aunque quisiésemos dejar la música, ella nunca nos dejaría a nosotros, solemos optar por lo del entusiasmo. Lo de la borrachera es metafórico (lo prometemos, nuestra fama de salvajes rockeros es por otras cosas), pero llegado ese momento de la hora tonta, no actuamos metafóricamente. Hacemos realmente el tonto. El repertorio de tonterías es muy amplio gracias a lo amplio del repertorio humano que tenemos en el estudio, e incluye desde tener una genial idea para un arreglo, hasta ponerse a tocar arrítmicamente y con mirada perdida algún instrumento de percusión abandonado en el control mientras alguien está haciendo la toma de su vida.

Desde bastante antes de encerrarnos a grabar, ya mirábamos las canciones con precisión milimétrica, pero una vez que te pones a grabarlas, de alguna manera, se vuelven distintas y adquieren como un estatus de canción nueva. Con cada instrumento añadido a la mezcla, el tema sube un peldaño más, y uno se enfrenta a cada nueva parte instrumental de manera distinta a medida que la canción se va construyendo. Se pasa continuamente por muchos estados distintos y así, cada toma es única, ni mejor ni peor, pero sí especial. Ahora son Pablo y Elia los que se están enfrentando al acusica del micrófono con sus voces y me están regalando momentos muy especiales que afortunadamente les está pillando con el REC en rojo.

Son muchos años tocando y muchas ilusiones puestas. Las emociones fluyen con más tiempo y fuerza de la que le dejamos en nuestra vida cotidiana y nuestro trabajo ahora es darles rienda suelta para grabarlas. Pero no estamos acostumbrados a tal derroche.  Cada día llega de nuevo esa hora donde empiezas a escuchar cosas raras, empiezas a decir cosas extrañas, decides hacer un disco sin guitarras o te encuentras de pronto a ti mismo cantando una canción de Manolo Escobar que no recuerdas haber escuchado antes.

Ahora entiendo que eso es síntoma de una mejoría en nuestra salud mental y en un aumento en la confianza de que nos quedará un disco bonico, bonico. Así que aquí andamos, esperando la hora tonta de mañana.

Jose

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